QUERIDOS TRABAJADORES

Cogió el avión, una vez más, y en poco tiempo, ya había llegado a Palma de Mallorca. La había llevado en coche mi hermana, o sea, su madre, hasta el aeropuerto de Bilbao, y de ahí había volado. Como viene haciéndolo desde que hace 4 cuatro años comenzó sus estudios de Diseño de Moda en la isla.


Pero esta vez no ha sido igual. Por lo menos para mí. Quizá porque esta vez la he echado más de menos, quizá porque esta vez no ha podido volver a casa para pasar las vacaciones de Semana Santa con la familia; o quizá… porque, como decía mi profesor de Comunicación de la Universidad, la marea ha empezado a bajar.


Parece que fue ayer cuando viajó por primera vez a Palma, entre el miedo a lo desconocido y la ilusión de vivir fuera de casa. Es una chica de retos, a la que le gusta despegar y volar alto–como hace en esa fotografía que nos gusta tanto a las dos, en la que ella tiene 2 años y sonríe de oreja a oreja, con confianza, mientras yo la alzo y la hago planear-.


Esta vez cogió el avión para ultimar su Proyecto de Fin de Carrera. Luego, deberá completar un periodo de prácticas en no sé dónde, y luego…
Cuando me licencié, en junio de 1996, mi profesor de Comunicación escribió un artículo que en su día me gustó mucho leer, y que, con el tiempo, ha cobrado para mí más significado. Se titula “Baja la marea” y trata sobre el momento en que cruzamos la frontera hacia la vida profesional. “Andan ahora tan llenos de ilusiones y luces en los ojos –decía el texto-, tan contentos, tan soñadores, con tantos proyectos que temes un apagón y te preguntas: “¿Serán capaces de seguir soñando siempre sueños grandes? (…) ¿Dónde los dejará la marea?”


Al igual que Amaia, muchos otros estudiantes han acabado sus estudios este año. Y no ha sido fácil dar esos últimos coletazos. Ni lo van a tener fácil. Pero cuentan con su ilusión.


Ahora, como decía mi maestro, “toca rezar para pedirle a Dios siempre lo mismo: que los cuide y les conceda seguir soñando siempre sueños grandes y bonitos”. Y que no los pierdan, que no tengan que verse obligados a preparar sus maletas y marcharse lejos. Y que les tengamos cerca cuando les necesitemos. Debemos aprender a querer bien a estas nuevas generaciones, “con sus grandezas y sus rarezas”, por separado. Así me lo enseñaron a mí. Y así quiero que sea.

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