EL 1º YA TIENE 11

2015 fue el año de nuestras primeras vacaciones juntos.

– ¿Quieres que vayamos tú y yo unos días a la playa? Estaremos en un hotel…

Pensaba que me dirías que no, que te tendría que  convencer.

– Sí- me soltaste rápidamente.
– Pero iríamos sin papá…
– Vale

Me eché a temblar. Acababas de cumplir 5 años y siempre habías sido mucho de papá. Yo trabajaba a tiempo completo, salía de casa temprano, cuando aún dormías. Papa se encargaba de despertarte, de darte el desayuno, de llevarte al colegio, de recogerte, de darte de comer… A mí me veías a partir de las 4.30, en el patio del colegio, al acabar tu jornada escolar.

Por eso, cuando te asustabas o necesitabas algo, “papá” era la primera palabra que te salía. Y, la verdad, no me acostumbraba a ello, me dolía… pero, al mismo tiempo, tenía que entenderlo.

Sin embargo, en el momento en que te propuse ir de vacaciones conmigo, los dos solos, a pasar tres días en un hotel, a pie de playa, habías aceptado sin dudarlo. Por primera vez, en mucho tiempo, me sentí importante para ti.

La experiencia fue inmejorable. Fuimos con la tía y los primos. Te disfruté, me disfrutaste. Me sentí  fuerte, me quité muchos años de encima, muchas inseguridades. Me sentí más madre que nunca.

Y pasó el verano. Te acompañé a Hydra, a aprender a nadar. Otro hito que compartía contigo.

Me apunté a Zumba, intentando recobrar algo de esa elasticidad de la que hacía varias años hacía gala. Y….

Esas Navidades fueron muy duras. Apenas me podía levantar de la cama y dar más de dos pasos sin acelerar para ir corriendo al baño sin vomitar.

El movimiento me revolvía; tan solo hablar me revolvía. Forzosamente, tuve que dejar de encargarme de ti: no te podía bañar, ni recoger del colegio, ni acompañarte a echarte las cartas de Navidad.

Sabía que era transitorio, porque  así lo decían los cien mil artículos en internet que leía. Padecía hipereméresis gravídica.

Pasaron las Navidades, volviste al colegio y yo, justo, justo, me conseguía levantarme de la cama.

Seguía sin aparecer por el patio del colegio. Y los padres de tus amigos ya lo notaban. Me escribió Nuria. Ana, la única sabedora de mi estado, me comentaba que eran varias las personas que le preguntaban por mí.

– Mamá, si te pones buena, te haremos una fiesta mis amigos y yo – Me dijiste un día, con un dibujo en la mano, intentando animarme.
– Sergio debe saber lo que te pasa – decía la tía- Se está preocupando. Es mucho tiempo ya…-.

Y llegó el día de la verdad.

– Sergio, ven.

Te llamamos papá y yo. Estaba metida en la cama; papá te esperaba sentado junto a mí. Te rodeó con el brazo.

– A ver, Sergio, ya sabemos qué me pasa. Tengo un niño en la tripa, y hace que tenga unos vómitos.
– ¡No!- empezaste a llorar- ¿Pero, es verdad? Yo no quiero.
– Sergio, un hermano, vas a tener un hermano –te interrumpió papá-. Yo soy hijo único…¿Sabes lo que a mí me hubiera gustado tener un hermano?
– Pero a mí no…
– Sergio, mira, vendrá con regalos. ¿Quieres la Wi?

No sabíamos cómo consolarte

– Bueeeno- accediste taciturno.

Cinco años después, veo cómo te mira Iker; cómo le miras tú. El lugar que un día ocupó la Wi, antes de ser retirada en tan poco tiempo.

Y bendigo aquella hipereméresis gravídica  que hoy ha quedado como un recuerdo más, y que compensa, con creces,  las miradas que hoy, de forma callada, y sin daros cuenta os dirigís el uno al otro. Una comunicación que solo pueden mantener los hermanos. 

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