MI VUELTA AL COLE

Hoy le he llevado en coche al colegio. Su primer día. Su último primer día de curso en el mismo centro. El año que viene, cuando ya tenga 12, tocará cambiar de ruta. ¡Cómo pasa el tiempo!

Ya no se me agarra, desesperado, entre lloros, suplicándome que no le deje solo; ya no tengo que marcharme deprisa para que no se entere; ahora parece que no necesita de mis besos para que se consuele, ni que le prometa que saldrá pronto y que yo estaré la primera en la puerta para recogerle.

Y sin embargo…. Hoy, quien necesitaba el beso de despedida era yo; la que necesitaba que me agarrase de la mano, que no se hubiese marchado tan rápido… Porque sé que sigue poniéndose nervioso el primer día; y que crecer no es fácil: cambia él, cambian sus compañeros, su estatura, su voz, su mirada: cómo echo de menos las chispas que parecían saltar de sus ojos al hablar de las fiestas de cumpleaños de sus amigos; o de los regalos que quería pedir a los Reyes.

Por eso -y pese a que suena un tanto egoísta, lo reconozco- por un momento me lo hubiera puesto más fácil si se le hubiera soltado una lágrima -aunque fuera solo una-. Así, con la guardia bajada, habría tenido una excusa para abrazarle como cuando tenía 3 años, darle el beso de consuelo, decirle que le voy a echar de menos y que deseo que me cuente cómo le ha ido en el colegio.

Pero no ha sido así. Ha salido del coche, se ha echado la enorme mochila a la espalda, me ha dejado que le diera un fugaz beso en la frente y se ha despedido agitando rápidamente la mano, a la altura de su cadera. Hoy ha sido él quien se ha ido rápido. Y yo me he quedado pensando en lo bien que me sentía hace una semana viéndole jugar en la playa, con su hermano pequeño, con el cubo y la pala.

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