George Sand, periodista y novelista francesa, decía que “la mejor manera de hacerse recordar es mostrando un corazón generoso”. Es cierto. Así recuerdo yo el día en que conocí a Sandra. Había asistido a una clase en la Facultad de Derecho, y me dirigía a la Facultad de Comunicación para completar mis obligaciones de alumna esa tarde. Llovía débilmente, y me había adelantado unos pasos de mi grupo de amigos porque no tenía capucha y no me apetecía mojarme.
Entonces sentí cómo un paraguas se detenía encima de mí. “Ya te tapo”, me dijo ella. Y se colocó a la par, sonriéndome tímidamente. Íbamos a la misma clase. Se solía sentar con sus compañeras de piso unas filas más adelante que nosotros. Pero nunca había hablado con ella. Es de esas personas que merece la pena conocer.
Tímida, y rematadamente trabajadora, Sandra posee una gran cualidad: sabe valorar a los demás. Te lee lo que escribes, te escucha, le cuentas algo que para ti es importante… Abre los ojos, te brinda una sonrisa de admiración y con un “qué bien” suyo muy característico, pausado, carente de toda exageración, te hace sentir importante.
Ha recogido ya varios premios por su labor profesional. Los datos de audiencia hablan por sí solos sobre su buen hacer diario. Y nunca pierde una oportunidad para compartir las alabanzas con sus compañeros. Es una líder que sabe trabajar en equipo.
La veo todos los días en televisión y pienso: “Qué bien, Sandra”. Han pasado más de 20 años desde que acabamos la carrera. Ha crecido saltando olas, a veces gigantes, sin soltar una manita que, a su lado, se ha ido haciendo más grande. Y sigue siendo la misma chica que te tapa con un paraguas para que no te mojes, que te echa un capote si hace falta… Para mí, un ejemplo de buena profesional y de “buena gente”.

