Mi hijo pequeño tiene 4 años y quiere que llegue el otoño. Dice que en otoño él podía tocar las cosas, y quiere volver a hacerlo: ser el primero en dar al botón del ascensor, comprobar que es más alto y que llega cada vez mejor al interruptor de la luz… Porque, además, él tiene un bote para matar bichos. Y dice que no nos va a pasar nada.
Y yo le miro divertida y pienso que ojalá todo fuera tan fácil. Y, en el fondo, me alegro de que piense así, de que con 4 años haya buscado “ a su manera” una solución a las dificultades que le está planteando esta maldita pandemia en su día a día.
Mientras tanto, su hermano intenta vencer, “también a su manera y con no poco esfuerzo”, sus miedos. Le dan pánico las avispas… y como él dice intenta “dominarlas”, pero al final ellas le dominan a él y termina agitándose, huyendo de ellas…
Le da miedo sentir frío después de tomar un yogur; se inquieta cuando le duele un pie… No quiere ponerse malo porque le da miedo que le encierren en casa, en una habitación, día y noche… Y me pide que no le deje solo… Que su padre estuvo así tres semanas, pero que él es pequeño y que le da miedo la noche.
Ahora, sin embargo, ya ha recuperado las ganas de jugar, de recrear, con sus playmobils, sus propias historias. Dicen que el Covid-19 hace perder el olfato… Mi hijo perdió la imaginación cuando su padre enfermó. El instinto de supervivencia, de vencer al termómetro, se adueñó de la tranquilidad del hogar.
Por suerte, volvimos a la normalidad. Pero a la nueva. Porque la vieja normalidad… Creo que ya hemos entendido que se ha quedado ahí, en nuestros recuerdos de las últimas navidades, del verano pasado. Queramos o no, ya no somos los mismos, las experiencias nos hacen cambiar, adaptarnos al medio y evolucionar…
Así que en eso estamos: cambiando el orden de los muebles en casa, para estar más cómodos; explorando nuevos paisajes para enmarcar nuestros momentos de ocio. Intentando moderar ese instinto de supervivencia que afloró cuando tuvimos que batallar contra el bicho para volver a sentir el gusto de disfrutar de las vivencias.
Acostumbrarse a vivir detrás de una mascarilla requiere un tiempo. Y no pasa nada por admitirlo, por manifestar y decir en voz alta que se tiene miedo. Porque, como decía Nelson Mandela, “el coraje no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él”.
Y para conquistar el miedo, lo primero es ponerle cara, conocerlo, mirarlo de frente y descubrir sus “puntos débiles”. Admitir que se tiene miedo es el primer paso para derrotarlo.

