Que los hijos te cambian la vida es un hecho incuestionable. En mi caso, hasta el nombre, porque cuando llamo a la farmacia, por ejemplo, me basta con decir “soy la madre de…” para que me reconozcan.
Y lo digo con mucho orgullo, sí, aunque también me gusta mi nombre: María. Así se llamaba mi abuela, mujer de sonrisa dulce y mirada profunda, de brazos finos y abrazos fuertes; de voz baja y gestos expresivos. Una abuela tierna y de apariencia delicada –como parece que deben ser las abuelas-; pero una mujer robusta, hija de su generación, y madre en plena guerra civil española, y en la posguerra.
Nació el 11 de septiembre de 1901, en Zamarramala, el pueblo segoviano donde, por lo menos un día al año, en Santa Águeda, mandan las mujeres.
Tengo muchos recuerdos de la “yaya María”: sus labores de ganchillo, la caja de galletas surtidas que nos compraba cuando aterrizábamos en su casa en verano… Y una historia que en mi familia se contaba acerca de un día en que mi abuela posó para un pintor, junto a la iglesia de la Vera-cruz, con una botella de anís en la mano…
Hoy, navegando por internet, me he encontrado con un artículo de Teresa Sanz Nieto, del año 2013: “Aquella chica castellana”. Primero, me ha sorprendido, luego me he alegrado; y después, emocionado. Hace 30 años que mi abuela murió.
Muchísimas gracias, Teresa, porque hoy me he tomado un momento para leer en voz alta tu texto. Y cuántos recuerdos me han venido a la mente al pensar en la historia que oía contar en casa sobre una chica zamarriega que posó ante la Vera-Cruz vestida de segoviana…

