Tengo un armario vacío que, sin embargo, está muy lleno. Hacía un año que no lo abría: exactamente desde el 15 de abril de 2019. Y hoy lo he hecho: he sacado unos juguetes (dos pelotitas y un ratoncito); un peine y varias medicinas. Y he sentido ternura y rabia. Me las ha escupido a la cara el agujero negro.
Aramis se fue con 14 años, dándonos, una vez más, una lección: irse en paz. Mi primer gato, mi último gato. El gato perfecto. Después de toda una vida sin apenas pisar un veterinario –para lo imprescindible- hacía nueve meses que había enfermado. Primero había adelgazado mucho sin causa aparente; luego llegarían las analíticas, las ecografías, la operación y su resultado: enfermedad inflamatoria intestinal.
A partir de ahí, las visitas al veterinario, los inyectables, los controles formaron parte de su día a día. Y estoicamente lo aguantó. A todos admiraba su docilidad, su dulzura…
Incluso hubo un momento en que parecía que se iba a recuperar –engordó 500 gramos-. Y pudimos disfrutar con él la Navidad. Volvió a saltar, a subirse a la silla, a la mesa… Pero, no.
Celebramos su cumpleaños el 4 de abril. Y, pocos días después, un lunes se intentó subir a una silla y se cayó. Como buen gato, se revolvió y aparentemente no le pasó nada. Pero sí pasó. Los siguientes días, Aramis caminaba cabizbajo, sin ganas. Y el viernes ya se tambaleaba. José y yo empezamos a entender lo que nos decía. Que se iba.
Ese fin de semana fue un quiero y no puedo. Dejó de comer. Nos recorrimos todas las tiendas que conocíamos en busca de una lata de comida húmeda compatible con su enfermedad. Recuerdo cómo José le acercó un pequeño tenedor de plástico a la boca. Recuerdo cómo Aramis lo lamió. Recuerdo cómo nos miramos José y yo intentando sacar de algo de esperanza en la desesperanza.
Pero no. Aramis dejó de mear. Se quedó quieto en su rincón, debajo de su rascador, en el salón, y ahí dejó que pasaran las horas. Tranquilo, dormitando. José y yo hicimos turnos. Sabíamos que era su última noche y no le queríamos dejar solo en ningún momento.
Desde que había llegado a nuestras vidas, un 4 de julio de 2005, nunca había dormido solo. Bueno, sí, una noche: cuando nació Sergio. Pero ninguna más.
Tranquilo, se fue tranquilo. Acompañado de su familia, de esa misma familia que había ayudado a formar hacía 14 años.
José y yo estamos fuerte e íntimamente unidos por una cadena de dos eslabones inigualables: nuestros hijos. Y compartimos muchos recuerdos; momentos que han quedado inmortalizados solo en nuestras memorias –en la suya y en la mía-.
Como la primera noche que pasó Aramis con nosotros, en una casa de recién casados, con pocos muebles y mucha ilusión. Tenía 3 meses, pesaba un kilo y medio y apenas se le oía maullar. Pero acababa de ser separado de su camada, y, desconsolado, se acercaba a las paredes, las arañaba y lloriqueaba.
José y yo quisimos dormir con él en el salón, con una luz encendida en el centro, para que no tuviera miedo.
Y así le despedimos. Sentados, a su lado, con la luz del comedor encendida, esperando que pasaran las horas para que acabase su mal. Una vez más, nos lo puso fácil. Se fue tranquilo, aparentemente sin sufrimiento. Cada respiración parecía que se iba por ese agujero negro que me encontré ayer en su armario, tan lleno de recuerdos.
Hoy ya no están ahí sus cosas, las he sacado del agujero, las he colocado en un sitio bien visible en lo alto del armario. Sus juguetes, su peine, su vaso… Forman parte de esa familia que día a día, y con gran esfuerzo, José y yo trabajamos por sacar adelante. Cuatro más uno. Aramis –Mito, Mitito- está siempre.


Escrito con extrema sensibilidad, estoy emocionado. Quien tenga o haya tenido un compañero animal y bien querido lo entiende a la perfección. ¡Un fuerte saludo a nuestros queridos seres animales queridos con quienes nos encontraremos en otra vida!