El perro dejó el palo en terreno de nadie.
-Cógelo, quiere que se lo lances –invitó su dueña.
El niño se debatía entre las ganas que tenía de jugar con el perro y lo que pensaría su madre sobre ensuciarse las manos con un palo, en medio de ese ambiente de “pandemia”.
Pero le pudieron más las primeras que lo segundo y lanzó el palo lo más lejos que pudo. Lucas corrió a por él, y lo volvió a acercar adonde el niño estaba.
Esta vez, el palo lo cogió su hermano pequeño, quien repitió la misma acción.
Sin mirarse, y sin ponerse de acuerdo, rieron al mismo tiempo, de forma espontánea. La alegría les salía del cuerpo. Por esos poros taponados meses atrás por el sudor del miedo.
Esta vez, sus cuerpos transpiraban. A base de palos, Lucas les había hecho disfrutar de un pequeño momento. ¿Quién dijo eso de que cuándo se necesita una mano amiga siempre se encuentra una pata?
Hacía pocos meses que la vida les había dado otro “palo”, pero este no era tan divertido. La propagación de un nuevo virus – Covid-19- había provocado una pandemia mundial, habían decretado el estado de alarma en el país, les habían confinado en los domicilios, su padre había enfermado –y luego, afortunadamente, se había recuperado-, la familia había sido aislada en casa… Los niños no entendían nada pero habían oído mucho. En la calle, la prudencia se había convertido en miedo.
Ahora, cuando el estado de alarma había finalizado y ya eran libres, los profesionales debatían si la reticencia a salir de casa y a juntarse con otros semejantes se debía a algo que se llamaba “el síndrome de la cabaña”, o a algún trastorno obsesivo-compulsivo… Mientras familias como la de estos niños –que habían puesto nombre y apellidos al Covid- trataban de volver a la normalidad a su ritmo, a veces no comprendido por los de alrededor.
Lo importante en aquel momento no era utilizar las etiquetas de la vieja normalidad, sino comprender la nueva. Permitir que los miedos, no importaba cómo se llamasen, volaran alto y se fueran. Coger y lanzarlos, como el palo de Lucas. Y volver a reír con ganas. Como habían hecho los niños ese día. “La cometa se eleva más alto en contra del viento”, decía Churchill. Pero para ello hay que dejarla volar tanto como pueda.

