Uno de mis libros favoritos de los que nos recomendaron en la Facultad de Comunicación es Los derechos del lector, de Daniel Pennac: qué mejor forma de atraer a alguien a leer que diciéndole que no tiene obliga
ción de hacerlo.
Empecé la carrera de Periodismo sin tener un autor o un libro favorito. Sí había leído con gusto el teatro del absurdo de Tres sombreros copa, de Miguel Mihura. Pero poco más. Y por eso, cuando los profesores de la Facultad de Comunicación lanzaban al aire las preguntas sobre nuestros gustos literarios, buscando respuestas en nuestras miradas, en nuestros movimientos de cabeza o de boca, yo era de los alumnos que escondía la cabeza debajo del ala, digamos.
Por eso, cuando alguien me comenta que a su hijo no le gusta leer, aconsejo el decálogo de derechos del lector de Pennac: derecho a no leer, a saltarnos páginas, a no terminar el libro, a releer, a leer cualquier cosa… E incluso recomiendo escribir con él un libro casero, con las historias que él se invente, aunque resulten absurdas y solo tengan sentido para él.
Cuando mi hijo mayor, que ahora tiene 10 años, empezó el colegio, no le gustaba nada leer. Según su profesora, era el único de la clase al que no lograba enganchar con la lectura de los cuentos que más gustaban a los niños: ni variando la entonación con los diálogos, ni gesticulando, ni cantando… Para él todas esas historias le resultaban ajenas.
Sin embargo, es un niño que, para su edad, domina el arte de la descripción mucho mejor que yo, por ejemplo. Porque es callado, observa mucho y piensa. Analiza y cuenta. Es un escritor en potencia.
Pero no le gusta escribir… O al menos, eso cree. Porque leer ya le gusta. Empezó dibujando con su padre historias sobre su día a día: el camino al colegio, una excursión de fin de semana… Lo juntaba todo, lo grapaba, lo miraba, y remiraba; lo describía y lo contaba, una y otra vez.
Cuando tenía 7 años, y metido de lleno en la Navidad, se inventó la historia de un personaje que visitaba un centro comercial –el mismo que él frecuentaba-, que esperaba a que viniera Papá Noel –como él-, que le trajera regalos –los que le gustaban a él-… Lo redactamos entre los dos, sentados frente al ordenador; después, hizo unos dibujos y su padre lo maquetó. Y hoy es el libro que más le gusta leer: Las Navidades de Coco.
Luego, se pasó a la lectura profesional (Otto terremoto, el Diario de Greg, Tom Gates, Los Atrevidos…). Y, actualmente, gusta de leer un rato antes de dormir; y cuando no tiene libro nuevo, relee alguno viejo.
Su hermano pequeño, de 4 años, ya me ha pedido su primer cuento “casero”: Las Navidades de Minnie. Le gusta que se lo lea. Cada noche se lleva a la cama uno de los libros que su hermano ha ido acumulando estos años en la estantería. Escucha atentamente cómo se lo leemos su padre o yo. Y luego lo repite, pasando las páginas, contándolo a su modo e imitando nuestra entonación.
Hoy día me sonrío al recordar mis desvelos por encontrar el gran libro que pudiera enganchar a mi hijo. Porque he descubierto que, muchas veces, la solución de un problema está en una respuesta sencilla. El interés del que escucha depende de lo interesante que le resulte quien habla. Y para eso, primero debe entenderlo y creérselo. Hasta la lista de la compra –con sus galletas favoritas, el chocolate, los chupa-chups que más les gustan- leída con buena entonación, con suspense y alguna que otra risa puede inspirar la primera lectura de los más pequeños.

